
Lo pobre de este modelo que acostumbra a mirar las malas prácticas de países que dicen ser desarrollados, pasando por alto la cercanía de ser latinoamericano, del beso en la mejilla, el apretón de mano o el abrazo con golpeteo en la espalda. Es esto lo que nos diferencia de países fríos en los cuales está prohibido sentir. Por lo tanto veo urgente y llamo a derrocar los sitios en los cuales dejas de ser un cliente y pasas a ser un número más, que se pierde entre los nichos de tanta baratería que hoy se vende bajo la luz verde de un supermercado hospital.
Acaso no nos sorprende el monopolio que se genera en estos espacios, quitándole poder al pueblo. El panadero, el carnicero, el pastelero, el botillero fue desplazado y aplastado por este gigante de grandes producciones, monstro cómplice de conglomerados que hoy se apoderan de nuestro país, que juegan a subir y bajar los precios según les complazca.
Si las instituciones exteriorizan sus funciones, no parece lógico dejar que los negocios se especialicen para así descentralizar al poder y así subir los estándares de calidad de los productos a comercializar. Los beneficios serian múltiples, desde todos los puntos de vista, los sueldos serían más realistas, los horarios serían más flexibles, el trato sería más cercano, nuestra sociedad sería más inteligente y más justa socialmente hablando.
Si tiro la primera piedra, espero que la lluvia de granizos sea inmensa, que el gigante de Víctor y la Violeta despierte, que volvamos a ser auténticos y cálidos, ya que de tanto mirar hacia afuera, nos quedamos ciegos hacia adentro.

